viernes, 2 de noviembre de 2007

Tulio Mora

Es un poeta peruano, líder del movimiento Hora Zero. Nació en Huancayo, el 15 de febrero de 1949. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima. Perteneció al grupo de la revista Estación Reunida y, a partir de 1977, integra el Movimiento Hora Zero. Desde su incorporación al movimiento, Mora ha sido su principal propulsor y portavoz, junto con Jorge Pimentel; también se ha desempeñado como investigador periodístico, crítico literario, y como guionista de radio y video.

Mora ganó el Primer Premio del Concurso Latinoamericano de Poesía organizado en 1988 por el CICLA (Consejo de Integración Cultural Latinoamericano), por Cementerio General (1989). Este libro fue traducido al inglés por David Tipton y C. A. de Lomellini, bajo el título de A Mountain Crowned by a Cemetery (Red Beck Press, Bradford, England, 2001).

Obras:
  • Mitología (1977)
  • Oración frente a un plato de col y otros poemas (1985)
  • Zoología prestada (1987)
  • Cementerio general (1989)
  • País interior (1994)
  • Simulación de la máscara (2006)
Antologías:
  • Hora Zero, la última vanguardia latinoamericana de poesía (2000)
  • Investigación periodística/Ensayo
  • Y la verdad será nuestra defensa (1996)
  • Días de barbarie (2003)
  • Aquella madrugada sin amanecer (2004)
Referencias:
  • Consuelo Hernández. "Cementerio General de Tulio Mora." Ciudad Letrada. Revista mensual de literatura y arte. Huancayo, Perú, 01 de mayo del año 2001 No. 007. p. 1-14
  • Consuelo Hernández."Tulio Mora, archivista de América." Identidades en transformación. Edited by Silvia Nagy. Catholic University, Quito: Abya Yala. p. 33-61.
  • Consuelo Hernández."Introducción. Mitología utopía y realidad en la poesía neoindigenista." Mitología. (Ed) Tulio Mora. Lima: Ediciones Art Lautrec, Hora Zero, 2001. p. 9-37.
  • Consuelo Hernández. “Simulación de las mácaras.” May 22, 2007
POEMAS:
Pikimachay(20,000AC - 14,000 AC)

Descanso la fatiga de una vida sin culpas

bajo la humosa, limosa tierra de una cueva.

Pero antes en las pampas

limpias como el ojo de la luna

fundé la memoria de este país.

Fue como cargar a un puma vivo.


Toquepala
(10,000ac - 5000ac)

Una y otra vez la arcilla colorida se adhiere a la pared

dando forma a las manadas que afuera, en la planicie,

corren, acezantes por los dardos

que arrojamos sobre sus carnes frágiles y tiernas.

Tensos, por la herida, los más débiles nos miran con los ojos

del que jamás volverá a asombrarse.

La resignación es su lenguaje. Los más fuertes

se revuelcan de dolor, lanzan gemidos que el carbón

no reproduce. Su agonía es todo el arte que he dejado.

Su agonía y el goce (también el miedo) de mi vientre.

Aquí no he pintado una ceremonia, sino un consuelo.

El tiempo -esa repetición de mis harturas y penurias,

con los dientes más filudos del más viejo carnicero del Perú-

concederá otros atributos a mi estilo, pero recuerden

el hambre hizo de mí el artista que ahora elogian.


Túpac Amaru(1740 - 1781)

Todavía hablan de mí situándome en el centro

de la imagen -las cuerdas, los caballos,

mi cuerpo que defiende la unidad intacta

de sus miembros-, y remordidos

prefieren mantenerme ingrávido en el aire.

Se llenan de frases elegantes al citarme:

Aquí no hay más culpables que tú y yo,

tú por someter a mi pueblo,

yo por pretender liberarlo.

Y hasta el horror se les antoja recurrente

al indagar en los folios del castigo

lo barroco de mi queja: Onze coronas

de hierro con puntas muy agudas,

que le han de poner en la cabeza...

...Por la parte del cerebro se le introducirán

tres puntas de hierro ardiendo

que le saldrán por la boca...

Qué decir de sus sospechas,

siempre irreprochables, al implicar

en la forma torturada

una metáfora de culpas nacionales

(el equilibrio entre mi cuerpo indivisible

y el verdugo que quiere fragmentarlo,

¿no evoca al equilibrio suicida del Perú,

su imposible armonía?).

Y se escudan en los mitos y obsequiosos

de palabras fermentan en mis miembros mutilados

(por los que yo sufro

mientras ellos investigan)

inconcretables utopías: Cuando su cabeza,

que escondieron debajo de palacio de gobierno,

se encuentre con sus extremidades,

volverá el tiempo de Inkarrí.

Y esperan que otra vez Areche me coloque

entre los potros del tormento,

y el hacha, ya no los animales,

en las diestras manos del verdugo

separe mis huesos de sus goznes

para encontrar sentido a sus asertos.

Inútil recordarles a los muertos precedentes:

que mi esposa Micaela caminó hasta el cadalso

sin bajar la vista (y eso que llevaba

la lengua hecha un guiñapo y salpicaba sangre

en las finas ropas de Matalinares);

que Tomasa Titu se rió de los cuchillos;

que el negro Oblitas derramó dos lágrimas,

no por la inminencia de su muerte,

sino por lo enojoso de las despedidas;

que, en fin, mis hijos aguardaron con paciencia

que uno a uno los fueran destroncando.

Prescindible es el dolor para tan eruditas

reflexiones: ¿abjuré del rey y sus impuestos?

¿Sobreestimé las condiciones subjetivas

y el carácter de masas de la insurrección?

¿No fui un novato en estrategia?

Pero al cabo generosos

exaltan mis virtudes

caras al siglo de las luces:

era un noble arriero que vestía

de negro terciopelo y cabalgaba un potro blanco

y se sabía de memoria a Garcilaso

y montaba el drama del Ollantay

antes de entrar en la batalla.

Un look para el consumo: los cabellos largos

coronados por un sombrero con el pico rombo

y el ala tiesa y circular -ideal

para levantar turistas en el Cusco.

Una tentación de los arcanos astrológicos:

Huáscar versus Atahualpa,

Manco Inca versus Paullu,

Túpac Amaru versus Pumacahua,

los pares fratricidas -Géminis, sin duda.

Una extravagancia de genealogistas:

rastrear sangre de mi estirpe

en las cortes de Polonia y Portugal.

Un recurso del poder:

citar un verso del poema vigoroso de Romualdo

(querrán matarlo y no podrán matarlo)

cuando la mancha india se arrebata.

Nada más oportuno para todo

que el agonista prometeico,

el que muere porque no muere.

Si tanto saben de mi vida y de mi gesta

¿por que no revierten mis fracasos

y después me echan en tierra a descansar mi muerte?

(De Cementerio general, 2da. Edición, 1994)

ESA EDAD

Por sus muslos bajo como una burbuja de carbón,

licuefacta, reventada; por sus muslos abiertos

y su inocente jardín negro picoteado por el viento,

abajo, más abajo de los tajos de la carne, más abajo

del atajo donde el río fue a morir en una mina;

como una infección, por donde todos hubimos de bajar,

por los pujantes dolores de la mujer, madre, madre

(Emma echada, Emma mordiendo con indelicadeza

la funda de una almohada, su aspereza, Emma

desproporcionada por el crecimiento de una cabeza

que ya ve salir como un tallo de azucena

que quisiera arrancarse), madre que no quiso

que yo naciera en una curva de ese río, en la más

alejada de las casas, pero era febrero y llovía y mi padre

no estaba y Emma buscó a una comadrona y dos días

antes ella fue hasta su cama y le dijo a Emma

(mi pequeño pincel, mi noche de naranjas tatuadas),

tocándole las sienes con los pulgares, le dijo

(verso apretado en tu frente, Emma, pobrecito volcán)

que esperase otros dos días, y he aquí que dos días

después la partera baja desatando distancias como madejas

de nubes, errante como una torrentera sin cauce,

y he aquí que baja puntual (Emma contaminada

por el sol de los trenes sin retorno) para bajarme hasta

su pollera o el suelo, bajándome por el cuello (Emma,

muchachita con las piernas tan abiertas, penetrándola

el viento helado de sucia ceniza), pero más abajo

aún, pero más abajo aún, donde se enturbian los espejos

de lo lejos, donde acaban los reflejos, donde se pierden

las inflexiones del dolor. Y qué quedó Emma de ti,

y qué de mí, y qué de quién en el espacio en que uno nace

oliendo a adobes, a tejas lagrimeantes -mientras, más

abajo del mundo, las raíces de la vida son como las manos

que se buscan en dos universos distantes-; oliendo a casa

solitaria (que no deja entrar al diablo), designada para

la maestra -que era Emma. Y ella bajó (por el olor) de un

camión con su panzota bellísima, robusta, y tuvo

que ceder al miedo. ¿Un laberinto o un desierto? ¿Qué

vio Emma al bajar? Mineros tristes pidiéndole una taza

de té para resistir la tristeza, camas sucias, mesas sin

manteles bordados, lámparas de petróleo donde no brillaba

el futuro; vio su barriga que la ponía debajo de los grandes

alientos históricos, serenamente imposible, enamorada

de mi padre que llevaba la barba como un misionero

sin senda, mientras Emma tenía el olor de la hierbabuena

(y yo en su vientre bajo, en un universo celeste, me abría

hacia la superficie por un poco de aire, delfín allí

sobre una lánguida ola, contemplativo y feliz). Debajo

de campanarios y explosiones que precedían el ingreso

resignado de los mineros, dándole a ella -a Emma-

¿felicidad?, ¿temor?, ¿qué sentimiento intruso?; debajo

de un calendario de fiestas sin santos ni guirnaldas;

debajo del fuego estridente de un primus, al nivel

del llantén y del aullido de un perro, al nivel de los lagos

que tentaban a los suicidas con sus reflejos de inexplicables

eclipses lunares, al nivel de las cruces de los hijos

de los pastores que no llegaron ni siquiera a esta casa

a morir -la primera para llegar al pueblo-; desde abajo

caigo sobre la sábana blanca (la sangre última del sacrificio

materno se mantiene en el lienzo cobrando su más

expresionista mensaje de sobrevivencia), navegante

involuntario por el espacio oprimido de un cuarto, caído

pero no perdido, recuperado ante el primer grito (el más

agudo a partir de entonces), cuando no era más grande

que un diente de ajo ni más alto que un ala de gorrión, abajo

de Emma (Emma inocente, Emma como un cesto

que ofrendamos a los seres más tiernos), abajo debí caer,

mientras Emma me limpiaba las primeras lágrimas, el pelo

alborotado, ya expulsado de ella para siempre.

A MI PADRE

No en vano crecieron las dalias, padre,

como yo siempre creí: azarosas

entre el maizal que el abuelo sembró

en sus días de libertad. Tú no las apreciabas,

preferías a las palomas porque te parecían

la única raza útil de la tierra.

Empecé por las dalias por la excusa

de la belleza. En tantos años

apenas si nos hablamos a través

de circunloquios resignados.

Eras distante y yo me atormentaba

imaginando cómo este maestro de poca altura

podía ordenar a legiones de gorriones.

Tu discordia provino de ser un pasajero

del viento que se cayó de bruces.

En un tiempo creí que no eras mi padre,

esa coartada tan infantil a la que recurrimos

cuando el castigo corporal nos devuelve

su torva geografía de soledades e implacabilidad.

En un tiempo creí que una forma de desahogarme

sería creciendo hasta asustarte con mi tamaño.

Más tarde preferí escribir

y tal fue tu enojo que me obligaste

a desvelar las paredes de la infidencia,

pues tú también llenabas páginas con un dolor

no menos intenso que el de los poetas,

a los que compadecías por el mismo aroma

que te delató -y ya no hubo en la casa

misterios que desentrañar.

Así fueron aquellos tiempos y no sé

cómo nos hemos limpiado las espinas.

Veo a las dalias salir de una tierra

que esconde las bellotas como hermosos

corazones latiendo despacito

para arrullar a los gusanos,

y también veo tu llorar rabioso

por los efectos de una ternura desbordada.

Los borrachos lloran como si desearan

redimir al mundo de ellos mismos.

Es un tropiezo su vivir, te lo diría

Li-Po si lo hubieses leído,

ahora te embargarías de su vino denso,

del que la humanidad ha bebido sin recordar

tanto sufrimiento. Tu hijo ha aprendido,

aunque sigue buscando en tus bigotes

un poco de rocío. Con relación a mí

sigues pequeño y frágil, pero yo no podría

gobernar una cabalgadura.

Tus irreproducibles blasfemias contra Dios,

al que buscabas iluminando el cielo

con una linterna (mientras mamá,

Eduardo y yo veíamos caer la nieve

como la sangre de las madrugadas tristes),

ahora son meras palabras con las que te enuncio.

Enajenadas de sus actores no podría guardármelas más.

El tiempo se toma sus plazos, luego

comienza a reclamarte que lo deseches:

tómalo o déjalo, la vieja regla

del mercader también se interpone

entre las dalias y el maizal,

entre la belleza y la utilidad.

Y sin embargo, tú recuerdas

lo que el abuelo decía,

y no tenemos porqué dudar de su veracidad:

que a las dalias nunca nadie las sembró.

Pero, oh sorpresa, cada temporada

en que los tallitos de maíz

asomaban con sus hojas como aspas dulces,

hete allí con las inoportunas flores de la mansedumbre.

Este es el mensaje final de mi poema:

el trabajo que significa arar la tierra,

para llenar el vientre, no sería satisfactorio

si uno no se limpiara los ojos y el alma

con la belleza que emerge misteriosa.

Te lo digo, padre, ahora que no tenemos

ni dalias ni maizal.

HUAYLLAY

Manos alzadas bajo la lluvia.

Cortaban las uñas y acicalaban el rostro

demacrado y casi lampiño del muerto.

Lavaban su cuerpo amoratado con agua de lago.

¿Qué hombre no se edifica un perdón excesivo,

en masa, bajo el tañido de una campana de abril?

Una banda musical afligía los cerros,

por donde ascendían, descalzos y arrodillados,

hasta la cima coronada por una cruz.

¿Pero qué hombre no cree que Dios es su dolor?

Por eso limpiaban su cuerpo, redoblando el cuidado

que no tuvieron el sacerdote ni el escultor.

En las profundidades de su silencio

acaso ese cuerpo revelaba la certeza de otra pasión.

Más allá, más allá del tiempo y sus sueños

habitaría el dolor verdadero.

Las heridas de la tierra, simples escoriaciones,

como la agonía resplandeciente de una luciérnaga

nos evoca la colisión de una estrella.

(De País Interior, 1994)