jueves, 2 de agosto de 2007

Iconoclasta

Iconoclasta es el seudónimo de Pablo López Albadalejo. Nací en 1962, en Barcelona, España. Mi profesión hasta el año 2005, ha sido electricista. En ese mismo año un accidente de tráfico me sacó fuera del mundo laboral donde trabajaba habitualmente.
He sido, ya de joven, un lector compulsivo y desde la escuela primaria disfruté las redacciones, siempre tuve ideas para llenar el papel en blanco, otras cosas es que fueran ideas suficientemente originales.
Se puede decir, que en la actualidad, vendo mis relatos y a pesar de mi forma tosca de escribir, me puedo considerar lo más parecido a un escritor.
Sin internet era imposible conseguir que el público en general pudiera leer un texto de los que yo escribía; enviar a las editoriales mis relatos, era una pérdida de tiempo, ni siquiera obtenía respuesta.
En el año 2000, creé un grupo en internet: Iconoclasta, lo consideré un taller literario y una prueba de fuego sobre mis textos, ante todo, me sirvió para aprender a escribir mejor y con más originalidad.
Ahora, en el 2007, participo en al menos, 10 grupos de literatura y he vendido durante los seis primeros meses del 2007 unos 30 relatos eróticos. Con mis relatos de terror o fantasía he participado también en la revista de parapsicología AOL 2002.

RELATOS:


Colibrí

Soy un precioso y lindo colibrí. No sé como cojones ha ocurrido; resulta que heme aquí con mis 120 kg. de peso, en pelotas y aleteando mis orejas a 2000 orejazos por minuto.
Es que ni se me ven.
Y sutil no soy, cuando mi cuerpo se mueve por el aire parezco unos de esos globos que venden los gitanacos los domingos por 4 €. Vuelo sin ninguna elegancia; pero con orgullo, eso sí.
Seguro que es un sueño, que nadie se sonría con la complacencia de los sabios; no me he tomado un tripi ni me he chutado pienso de conejo.
Yo sólo fumo y follo.
No os creáis que me siento mal, casi que soy feliz con mis grasas al aire.
Lo único que temo es no ser constante con la altura del vuelo, si no voy con cuidado me rozo los cojones contra el suelo y me elevo con un lastimoso quejido: uyuyuyuy.
Flip, flip, flip, flip...
Salgo por la ventana al exterior cargándome los vidrios porque soy nuevo en esto.
Volando libre y encandilado oigo los gritos envidiosos de la gente:
"Mirad al cerdo ese que vuela".
Los humildes y los seres humanos en general son unos incultos, no saben distinguir un cerdo de un colibrí. No me extraña que sus hijos acaben muertos con una jeringuilla llena de sangre clavada en el brazo y oliendo a mierda y meados. Con sus 16 añitos recién cumplidos...
Precioso.
Será por la libertad de ser un etéreo colibrí por lo que me siento tan poético.
Soy lo que rima con joya de candoroso.
Me dirijo hacia una ventana de un bloque de pisos vecino y me rozo el pene en el poyete de una ventana.
¡Me cago en la puta, que daño!
Flip, flip, flip, flip...
Llego hasta la ventana del tercer piso, es que sé que ahí vive una tía buena; y me acerco más. Regulo mi altura porque la persiana está bajada hasta la mitad y resulta que la muy buenorra se está probando la ropa interior.
Yo me quedo embelesado ante tanta belleza, es que se me saltan las lágrimas emocionado perdido.
Ella acomoda los pechos en la copa y de vez en cuando se excita los pezones para que se marquen, yo me toco mis sonrosados genitales y no hago caso a los gritos de un vecino que seguramente está admirando mi porte desnudo. Mi vuelo delicado y grácil.
Me entran ganas de mear y dejo que la naturaleza siga su curso, los colibrís no meamos en los servicios.
La gente contenta de mi presencia y delicada naturaleza me filma y aplaude con sus caras mojadas por mi dorada lluvia.
Y ella continúa ahora con las braguitas, se mira y ve que su sutil vello sale por encima del elástico, arruga el ceño con disgusto (no se porque, a mí esas cosas me ponen).
Unas tijeritas y negros pelarros caen al suelo silenciosamente. Yo lo veo todo ralentizado y con detalle matricial de 800 putosmegapixels.
Mi pene de colibrí, gordo como el de un toro ahora, se ha encabritado y le he pegado un golpe al vidrio rompiéndolo, llamando la atención de ella...
Gira su cabeza hacia la ventana y me mira anonadada, no es normal ver un pene de este tamaño en un
colibrí. Tan rosado, tan brillante, tan llamativo.
Y grita: "¡hijo putaaaaaaaaaa!".
Y dejo de volar para caer en un colchón de látex con los pezones duros de mi mujer clavados en la espalda. Mi pene hace de soporte lateral y parezco una bici aparcada, no hay quien me ponga boca abajo.
Si vuelvo a tener otra experiencia onírica de este tipo, es que me voy directo a que me pongan diazepan hasta en las pestañas.
Que horror, aún me duelen las orejas. ¿Y no podría haber sido un ángel o alguna mierda teológica de esas en vez del jodido colibrí?


Iconoclasta

Densidad


Densidad: f. 1 Acumulación de gran cantidad de elementos o individuos en un espacio determinado. 2 FÍS. Relación entre la masa de un cuerpo y su volumen.

No sé si es una maldición o es mi ánimo cansado. El cuerpo agotado, algo físico.
Estoy rodeado por todas partes de una gran densidad. De acumulación de cuerpos que saturan el aire de sonidos, de olores.
Es como un virus, una enfermedad; salgo a la calle y me siento pesado, la atmósfera me cae encima de los hombros y los ojos responden con tristeza.
Es difícil moverse en este mundo.
Hasta las lágrimas se hacen tan densas que se quedan enganchadas en el borde de los párpados y todo lo deforma y aumenta. Tengo que usar la punta de la pluma para arrancármelas; pincharlas y sacudirlas. A veces cuelgan de mis ojos como una gelatina espesa, un moco que me da un aspecto enfermo y aunque las quiera quitar con el dorso de la mano, forman hilos pegajosos que se estiran sin romperse. Y entonces me desespero y siento que todo está mal.
Yo mismo me siento denso, pesado. Me cuesta arrancar el pie del suelo para avanzar un paso más, la mano cuelga pesada de mi brazo y no puedo evitar golpearla contra el retrovisor de un coche, es tan pesada que me es más fácil usar la energía en soportar el dolor que alzarla.
Cuando bebo agua, ésta me aplasta la lengua y parece que al pasar por la garganta me arranca las cuerdas vocales.
Bebo constantemente con breves tragos.
Soy una prueba de adaptación al medio.
A un medio denso y terrorífico, porque siento que se aplastan mis huesos por el peso del aire.
Por mi propio peso.
Te busco constantemente porque eres etérea, ligera.
Irreal...
Cuando te tengo en mi mente me siento dentro de una campana de cristal que me protege de toda esa densidad, soy más ligero y no hay lágrimas.
Cogerte en brazos, es sostener una hoja de papel sobre la que escribo con mis labios jeroglíficos húmedos y tiernos que hablan del alivio que me proporcionas a esta gravedad aplastante, que describen cómo tus ojos me confortan con una mirada tierna, de una boca que destila agua clara que nunca me sacia. O las manos finas y frías que no pesan, que me convierten en superhéroe con una fuerza titánica.
¡Es tan fácil cogerte en brazos y soportar toda esta densidad cuando estás conmigo!
Llevo tanto tiempo en este planeta, en este espacio...
Sueño con los tres soles de Karhariman, los que nos alumbran desde la constelación de la Esperanza.
Recuerdo constantemente como nos besamos en la falda del volcán Entimial, el de la lava dorada. Oro fundido que recubre la ladera insultando con su belleza al universo entero. Haciendo feos y mediocres todos los mundos que existen.
Te recuerdo allí, entre la hierba que crecía de una tierra dorada, gimiendo entre mis brazos y yo suspirando entre tus pechos. Comiéndolos.
Volamos por encima del cráter y el oro líquido bullía lanzando pequeñas gotas de sol.
Tus alas azules se agitaban hermosas y yo me mantenía tras de ti para admirarte.
Te di alcance agitando con fuerza mis alas y te abracé en ese aire ligero y limpio. Mis brazos parecían haber nacido para rodearte. Nuestras alas se batieron enredándose en un etéreo abrazo y un par de plumas cayeron en el cráter, una azul y una negra. Ardieron antes de tocar el oro fundido, como ardía algo dentro de mi pecho por ti.
Mi primera misión de exploración: La Tierra, debería ser sencillo; no era la primera vez que acudíamos para estudiar su gravedad.
Pero la droga que me inyecto para soportar esta gravedad desmesurada ya no me hace efecto, y el aire me aplasta. Los sonidos me duelen en los oídos y mis ojos apenas pueden enfocar en un aire translúcido, lleno de pequeños microorganismos que lo ocupan todo.
Se calculó mal la dosis diaria de la droga antigravedad y me he quedado sin esa protección; o tal vez fui yo que no soportaba toda esta densidad que domina el planeta y he necesitado más.
Así que he encontrado una sustancia blanca que aspiro por la nariz: cocaína, polvo de ángel…
Tiene un nombre precioso, gracias a ella te visualizo y vivo cada momento en el que me abrazaba a ti.
Aquí en La Tierra nos llaman ángeles, creen en nosotros como seres superiores.
No saben que nos morimos entre ellos, entre sus alientos pesados, sus emanaciones.
Su densa vida…
Lo he visto en sus libros, en los que salimos dibujados; pero no alcanzan a imaginar la belleza de nuestro hogar.
He soñado tanto con volver a abrazarte que hasta los pensamientos caían al suelo, pesados. Rompiéndose como cristal.
Aquí no puedo volar, no puedo escapar de esta densidad que me cubre entero como un húmedo barro.
Mis alas no se extienden; es muy triste no poder volar.
Los individuos en las calles se apilan unos contra otros y me hacen daño con sus roces en mis alas plegadas, ocultas.
Cuando bato las alas en las afueras de la ciudad, me duelen, y las plumas caen tristes, pesadas en este aire denso. No me puedo elevar ni un centímetro.
Siento hasta la densidad de la tragedia.
Esta tristeza infinita que se apodera de mi ánimo, de mi cuerpo agotado.
Mis alas marchitas...
Me duelen los huesos, solo tu recuerdo me da fuerzas, aquí dicen que es sacar fuerzas de flaqueza.
Es verdad, Laimi.
Esto se acaba, cuando os llegue esta transmisión, ya habré muerto.
Estoy tan cansado que no tengo miedo y veo la muerte como una cura, un descanso. Imagino que cuando muera, podré extender mis alas y seré libre de todo este peso invisible que me aplasta.
He aspirado otra dosis más de polvo de ángel y se ha formado una pequeña hemorragia en la nariz, eres tú mi ángel.
Mis alas ya han caído marchitas y los muñones de mi espalda se mueven creyendo que aún las soportan.
Adiós, si fuera verdad que somos ángeles, nos veremos en nuestro paraíso, mi amor.

Iconoclasta


Hediondo

Soy una bestia reptante, soy el hijo deforme de un demonio.
Soy lo que queda tras tanto amarte, los restos de un cadáver que yace en mierda movediza.
Soy furia y odio.
Soy deseo puro y enloquecido. Peligroso como la tuberculosis, letal como la jeringuilla encostrada de sangre seca.
Sucio y hediondo como el brazo de venas picadas y podridas. Caído como el yonqui entre orines de perro y excrementos.
Soy la miseria pura. El que arranca la cabeza de las ratas a dentelladas como si de tus labios se tratara; rabioso y corrupto.

Con mi aliento hediondo te beso cuando duermes.
Desgarros en tu piel.
Cansado de desearte más y más, rencoroso con la vida, con la sonrisa que me brindaste. Con un amor que no supe contener y me invadió como un tumor. Siento un rencor peligroso hacia ti porque me convertiste en esclavo con tu ser.
No tienes idea de quien soy porque ya no queda nada de aquel que te mecía en un amor dulce, el que hablaba de un amor indecente en su pasión.
Soy la perversión hecha polla. Soy el pene duro embistiendo entre tus piernas en un lugar oscuro que no es tu mundo.

El mundo es maravilloso contigo y en ti; pero hay un infierno bajo tus pies, soy infierno y soy el sexo brutal. Mi pene es el árbol que te protege con su sombra, y clavaré mis ramas entre tus piernas para arrancarte gemidos de sangre, un grito que erosione la garganta.
Soy un árbol deforme, centenario, de retorcidas raíces clavadas en el infierno.
Quiero tu cara deforme por el placer más sacrílego y ofensivo. Tu lengua bífida destrozando la belleza y candor del amor puro.
Que la oscuridad de tu coño destruya la luz del planeta.

Ensuciarás el amor con esa obscenidad impía, con tus gemidos roncos nacidos de entre las piernas, cuando mi lengua lama tus muslos y agite tu vulva empapada.
Te convertiré en mi muñeca de placer, en mi juguete húmedo. No habrá piedad, como tus hermosos ojos no la han tenido con mi alma.
Te daré un placer que avergüence al mundo. Manarán tus babas descontroladas en mi abrazo animal e hiriente. Hendiré tu piel y tu carne con mis uñas. Te penetraré hasta que me sientas en tus tripas. Lameré el agua de tu boca extasiada. Seré una serpiente en tu coño y sanguijuelas en tus pechos.
Te ahogaré con mi miembro.
Te robaré la respiración y quebraré tu voluntad, como tú has destrozado la mía.

Mi saliva es una cascada infecciosa que anega tu rastro, tu aroma en el aire. Mis fauces se hacen agua y mis labios agrietados desean besar los tuyos.
Te busco, te acecho, te cazo.
En tu mundo no hay miasmas, ni flemas necrosas de pulmones que aspiran el ácido de un amor abortado. En tu mundo había luz, ahora soy yo el todo. El que decide tu vida y tu pensamiento.
Ahora soy tu peste, tu plaga.

Soy un placer hediondo en el que te abandonarás con los brazos laxos en cruz, un cristo violado. Hundiré mi lengua en tu ombligo.
Ahora soy la sombra que te penetra cuando duermes, cuando cierras los ojos. Soy el infecto que mueve tus dedos cuando te masturbas. Soy el que te abre las piernas en soledad y te mete la vela en tu agujero sagrado y deseado.
Soy el asma en tu pecho.
Soy un peso encima de ti follándote, con mis garras enredadas entre tu cabello. Soy una máquina que funciona con sangre, y leche.

Serás madre maldita, en tu vientre plantaré la semilla hedionda de mi amor enfermo. Madre puta para la tierra y diosa en el infierno.
De mi émbolo mana un semen ardiente que fundirá tu coño.
No eres mía, no me perteneces, pero eres mi presa. Mi caza.
Ya no te quiero, sólo te ambiciono. El tiempo del amor acabó, el amor mutó mi ser cuando se convirtió en una eternidad tortuosa de deseo. Hace apenas unos minutos… Cuando tuve la certeza de que muerto arañaría el ataúd por seguir a tu lado.
Es la hediondez de mi deseo más primitivo la que me ha hecho bestia y he creado el infierno como Dios creó a los animales.
Soy hediondo e inmortal.

El amor ha creado tanta presión que ha roto límites, ha destrozado la materia gris que envolvía a la bestia que latía en lo oscuro como una neuralgia en la sien.
Soy bestia hedionda arrastrando mi hocico por tu cuerpo.
Azotándote la cara con las venas que me inflaman el miembro con un torrente de sangre. Que lo entumecen.
Me masturbaré ante ti hasta que tus piernas se abran y tus dedos abran la caverna, el infierno que busco: un agujero de carne y brillante savia espesa.
Un zulo de placer oscuro e indecente.
Tu coño, tu propio infierno.
Y al infierno te llevaré como mi presa, mi trofeo.
Mi caza.

Iconoclasta

Monumento

Crearé un monumento, un monumento a mí mismo.
Un monumento vertical y afilado; vertiginoso. Quiero que al ser observado, admirado; todos sientan el vértigo de una obra monstruosa.
Piedra tallada con poderosos golpes de rabia, de un desasosiego abismal.
De un amor loco que se me desliza por los dedos como una serpiente en el barro.
Se escapa, siempre se escapa lo bello.
Y la rabia y el odio y el asco llenan el hueco que queda.

Monumento a un deseo atroz y venenoso de hendir mis manos en un vientre culpable y tirar de sus entrañas.
Del grito paranoide, no casual. Algo ensayado a lo largo de décadas de frustración.
Justicia… Salvaje justicia.

Será una afilada aguja, tan tosca y torcida que el mundo entero temerá mirarla, temerá que caiga.
Será piedra rugosa, cortante.
Se clavará en el cielo y las gotas que caerán desde el afilado pináculo no serán condensación.
Será cualquier cosa menos atmósfera. Porque la atmósfera no llora rojos ni amarillos.
Sangre y bilis…
Un arrecife en el aire…

Los pájaros e insectos no se posarán en ella sin que serias heridas se abran en sus patas.
En las manos y pies de los más valientes.
Quiero que nadie se sienta a salvo y sin embargo, no puedan apartar la mirada.
Por eso golpeo y pego.
Hay uniones blancas de calcio óseo. Argamasa fraguada en plasmática serosidad.
Uñas que se han destrozado por no querer caer de esa improbable altura. Que intentaron subir para retar sus miedos.
Y la materia hiere y duele. Y un metro de subida, es un rastro de sangre.
Tiene un enlucido que aún conserva su vello original. Sus estrías y sus cicatrices. Restos de vida, testimonios de fracasos. Bubones de una peste letal.
Dolor e impotencia.

Quiero crear pesadillas, quiero crear escalofríos que recorran miles de espinazos ante la magnitud de ese monumento. Que teman conocer a su autor.
Y que no puedan apartar su vista de él.
Que sientan el peso del megalítico monumento aplastando la tierra.
Que se sientan orugas a su sombra.

Quiero que al ver toda esa imperfección sepan de mi tortura, de mi disgusto de vivir entre ellos.
Quiero ser irracional. Injusto.
Admirarán la insania, y no se sentirán confortados.
No habrá fotografías.

Esbozarán una sonrisa al verlo, una sonrisa que ocultará la certeza de que se eleva sobre los muertos, de que los cimientos son un monumento a la horizontalidad de la muerte. La muerte se extiende plana porque plano y grávido queda el cadáver sobre el suelo.

Una base plana y llana, que se fundirá con el horizonte.
Gigantesca y pavorosa.
Una llanura negra, árida y sin relieve alguno. Sólo un viento que aúlla y roba la razón. Un escalón negro que se extienda como una mancha obscena; cáncer sobre terciopelo ocre.
Busqué la tierra más seca y muerta del planeta.

Porque lo he clavado en las entrañas de la tierra. Atravesando tumbas y necrociudades ocultas por capas geológicas.
He pretendido herir la tierra con él.
Le he hecho daño.
Y nadie pasará sus manos para sentir el tacto de arena, hueso y piel. Del granito que ha conseguido hacer sangrar mis dedos.
Que supure la tierra, que el cielo se ofenda.

Que millones de ojos reflejen la plomada torcida de un cúmulo de errores.
De un ciego rencor injustificado. Que sepan que si el monumento se derrumba, no podrán escapar. Que es tarde hasta para el pensamiento.

Provocará el silencio, un pensamiento mudo. Que ni un solo sonido perturbe la gravedad y el deterioro, la congoja que crea ese monumento; el monolito de la humana miseria.

Un monumento que no se pueda disimular con una estúpida sonrisa de vana simpatía y comprensión.
Algo hiriente para el bienestar de los fariseos.
Algo horripilante como la vida que me han obligado a soportar.

Mi monumento, mi insulto al mundo entero…
El alarde de mis miserias, las de ellos.

Iconoclasta

Crearé un monumento, un monumento a mí mismo.
Un monumento vertical y afilado; vertiginoso. Quiero que al ser observado, admirado; todos sientan el vértigo de una obra monstruosa.Piedra tallada con poderosos golpes de rabia, de un desasosiego abismal.
De un amor loco que se me desliza por los dedos como una serpiente en el barro.
Se escapa, siempre se escapa lo bello.
Y la rabia y el odio y el asco llenan el hueco que queda.

Monumento a un deseo atroz y venenoso de hendir mis manos en un vientre culpable y tirar de sus entrañas.
Del grito paranoide, no casual. Algo ensayado a lo largo de décadas de frustración.
Justicia… Salvaje justicia.

Será una afilada aguja, tan tosca y torcida que el mundo entero temerá mirarla, temerá que caiga.
Será piedra rugosa, cortante.
Se clavará en el cielo y las gotas que caerán desde el afilado pináculo no serán condensación.
Será cualquier cosa menos atmósfera. Porque la atmósfera no llora rojos ni amarillos.
Sangre y bilis…
Un arrecife en el aire…

Los pájaros e insectos no se posarán en ella sin que serias heridas se abran en sus patas.
En las manos y pies de los más valientes.
Quiero que nadie se sienta a salvo y sin embargo, no puedan apartar la mirada.
Por eso golpeo y pego.
Hay uniones blancas de calcio óseo. Argamasa fraguada en plasmática serosidad.
Uñas que se han destrozado por no querer caer de esa improbable altura. Que intentaron subir para retar sus miedos.
Y la materia hiere y duele. Y un metro de subida, es un rastro de sangre.
Tiene un enlucido que aún conserva su vello original. Sus estrías y sus cicatrices. Restos de vida, testimonios de fracasos. Bubones de una peste letal.
Dolor e impotencia.

Quiero crear pesadillas, quiero crear escalofríos que recorran miles de espinazos ante la magnitud de ese monumento. Que teman conocer a su autor.
Y que no puedan apartar su vista de él.
Que sientan el peso del megalítico monumento aplastando la tierra.
Que se sientan orugas a su sombra.

Quiero que al ver toda esa imperfección sepan de mi tortura, de mi disgusto de vivir entre ellos.
Quiero ser irracional. Injusto.
Admirarán la insania, y no se sentirán confortados.
No habrá fotografías.

Esbozarán una sonrisa al verlo, una sonrisa que ocultará la certeza de que se eleva sobre los muertos, de que los cimientos son un monumento a la horizontalidad de la muerte. La muerte se extiende plana porque plano y grávido queda el cadáver sobre el suelo.

Una base plana y llana, que se fundirá con el horizonte.
Gigantesca y pavorosa.
Una llanura negra, árida y sin relieve alguno. Sólo un viento que aúlla y roba la razón. Un escalón negro que se extienda como una mancha obscena; cáncer sobre terciopelo ocre.
Busqué la tierra más seca y muerta del planeta.

Porque lo he clavado en las entrañas de la tierra. Atravesando tumbas y necrociudades ocultas por capas geológicas.
He pretendido herir la tierra con él.
Le he hecho daño.
Y nadie pasará sus manos para sentir el tacto de arena, hueso y piel. Del granito que ha conseguido hacer sangrar mis dedos.
Que supure la tierra, que el cielo se ofenda.

Que millones de ojos reflejen la plomada torcida de un cúmulo de errores.
De un ciego rencor injustificado. Que sepan que si el monumento se derrumba, no podrán escapar. Que es tarde hasta para el pensamiento.

Provocará el silencio, un pensamiento mudo. Que ni un solo sonido perturbe la gravedad y el deterioro, la congoja que crea ese monumento; el monolito de la humana miseria.

Un monumento que no se pueda disimular con una estúpida sonrisa de vana simpatía y comprensión.Algo hiriente para el bienestar de los fariseos.
Algo horripilante como la vida que me han obligado a soportar.

Mi monumento, mi insulto al mundo entero…
El alarde de mis miserias, las de ellos.


Iconoclasta

Morir un rato

Es tentador a veces dejarse morir un rato.
Sólo un momento.
Sólo unas horas.
Cuerpo inerte y el cerebro muerto.
Sin conexión.
Sin dolor.
Sin cansancio.

Quiero morir unos momentos, dulce y suavemente.
Nada espectacular; que nadie se entere.
No es popular la muerte, no es popular a veces la puta vida.
Un segmento de médula espinal interrumpida y un clic que desconecta.
Un vuelo a la pegajosa oscuridad. A la refrescante nada.
Este calor en el cuerpo que molesta y
demuestra que la vida sigue.
Una muerte breve para salir del negro abismo del agobio.

No puede hacer daño.

Un lánguido pene desfallecido que se apoya muerto en el vientre, recibiendo el frescor de la muerte.
Los pulmones descansando y el corazón quieto, muy quieto.
Pobre y cansado corazón
¿No te gustaría morir un rato y así descansar?

Acariciar la aterciopelada soledad y olvidar mi negra alma.
Ser abono para plantas y formar parte de ellas.
Ser nada para ser libre.
No tener que escoger porque todo es sencillo en la muerte.
Nada que hacer.

Morir un rato...
No puede hacer daño.

Iconoclasta